El DÍA QUE ODIE (EL MUNDO DEL) EL ARTE

Por: The Fine Art Collective

escrito el: 01, Aug 2016

Desde aquella muchacha que observó por primera vez impávida las alas desplegadas y los paños mojados al viento de una tal Victoria de Samotracia, ha pasado ya alguna década que otra. Momento exacto también en que supe que el arte era la mejor manera de expresión humana, la que mejor canalizaba mis pasiones y (sin)razones. Tal fue la locura que incluso, cándida de mí, quise convertirlo en mi profesión.

800px-Nike_of_Samothrake_Louvre_Ma2369_n2.jpg “Victoria de Samotracia”. Museo del Louvre.

Hace el mismo tiempo también del que andaba caída del guindo, en una feliz ignorancia que no entendía aún que el arte no sólo era eso que me emocionaba en las antiguas diapositivas proyectadas en las clases de Historia del Arte y que , como casi todo en esta vida, se emborronaba tras lo que suele denominarse como ”el mundo de”.

Algunas disciplinas como el cine o la danza, esas bellas expresiones artísticas, se convierten en un problema cuando se les añade “el mundo de” por delante.

“El mundo del espectáculo es así” dicen, y claro uno no puede hacer más que agachar la cabeza y callar. Porque “es asi”, y punto. Y entonces coges el guindo, y te subes a la primera rama que pillas por el miedo a ser devorada por un león, o por un crítico voraz o por un #yolosetodoynohaymásquehablar, o por el martillo de una casa de subastas que resuena en los ecos de un millón de euros.

Pero resulta que miras alrededor y en el árbol de al lado ves a otros como tú, subidos a otros árboles, también con miedo o recelo, observándolo todo desde arriba, mirando como “el mundo del arte” lo engulle todo.

No vaya a entenderme mal. Sigo amando lo que hago y sigo mirando con los ojos de la chica de las clases de historia del arte a aquellos que con pasión mueven sus pinceles ajenos a las cifras del mercado del arte y distantes a los intereses de instituciones, mercados y museos.

Sigo admirando a los profesionales que trabajan por y para el arte. Sobre todo a aquellos que dejan de lado los egos y lucimientos personales y que dejan de hablar con condescendencia para simplemente, hablar. Admiro a aquellos que trabajan para que el arte no sea nunca más un producto elitista, que entienden que Luisa, la señora del piso de al lado, también tiene que disfrutar con el arte, pero que cuidan y comprenden que éste es una expresión suprema de la esencia humana y que por ello no debe frivolizarse ni devaluarse.

Ni “de”, ni evaluarse. Porque al guindo sube uno cuando se da cuenta que en las grandes ferias de arte contemporáneo, en ocasiones, son las propias instituciones las que compran obras de artistas que han sido becados por ellos mismos previamente, que subvencionan a galerías para que puedan ir a esas ferias o que contratan a expertos para que elijan las obras que formarían parte de sus colecciones.
Y es que hay muchas formas de sentir, de vivir el (o del) arte y uno se da cuenta pronto que tiene que elegir como quiere hacerlo.

Uno de los mayores inconvenientes a los que se enfrenta el arte, es a su mercantilización, que no a su venta, sino al hecho de que todos los que lo amamos deseamos convertirlo en profesión, en una renta, en un prebenda que queremos que nos entreguen por amarlo. Y de ahí no salimos.

Me viene a la cabeza pensando en esto, un texto de Juan Carlos Román, que incluyó en su maravillosa oda a Los 100 problemas del arte contemporáneo y que hacía el número 20 y que la vida, como el arte, no debe tomarse tan en serio.

“Por amor al arte: Problema 20/100.

“Existen personas vinculadas al arte, muchas y por diversos motivos. Unas, han encontrado en el arte una forma de conocimiento; otras han descubierto que el arte les transmite serenidad, alivio; hay personas que creen que el arte es una herramienta revolucionaria y transformativa, además de tener las ideas muy claras al respecto; por el contrario, otras creen que con vestirse de negro e ir a inauguraciones ya forman parte del “pastel”. Unos descubren que el negocio del arte es similar al que hacía su padre que era tratante de ganado, y a lo que aspiran es a tener una casa minimalista entre casonas rurales con aroma a estiércol; por el contrario, otros saltan de actividad en actividad, para terminar jubilándose de ganaderos. Los hay que rodean al arte, lo analizan, lo critican, pero no saben a qué sabe, ya que al no disponer de vello, no notan cuando este se estremece. Existen individuos que se vieron envueltos en el arte, y ya no saben cómo salir, heredaron, o simplemente les cayó del cielo y se significan como si esto del arte fuera con ellos e incluso se lo acaban creyendo. También existen amantes del arte insatisfechos, son aquellos que por mucho que perseveren son incapaces de ver más allá, lo leen todo, lo saben todo y lo ignoran todo, y lo peor de todo es que son conscientes de ello, y así lo expresan. Conozco personas que reconocen el talento, que se enamoran de las capacidades de los otros, que tienen empatía y que son felices advirtiendo la magia ajena; y otros muchos que por envidia malsana te odian porque en el fondo se aman. Por último, existen verdaderos “bob@s” que aman el arte, y todo lo que piensen, digan o hagan los demás les da igual. Suelen ser buena gente, personas sencillas, intensas y arrebatadoras, y yo me siento feliz de conocer a estos últimos”.

Lo leo y advierto que no soy tan diferente del que anda subida en el árbol vecino y que a veces se me olvida porque andaba caída del guindo. Soy la del árbol de al lado también, la que habla con condescendía o la que a veces se convierte en ese león deseoso de devorarlo todo y formar parte de ese supuesto paraíso que es “el mundo del arte”.

Debe ser que alguien lanzó con fuerza una piedra y me tiró al suelo de nuevo y advierto, ya en tierra, que la única forma en la que quiero entender el arte es siendo de ese último tipo: De la clase de bob@s que no sueña más que con las alas desplegadas de musas de antaño, como aquella que ondeaba su ropaje en la proa de un barco de la antigua Grecia, como también entiendo tras la lectura de textos como estos, que el (mundo del) arte, como la vida misma, no hay que tomarla demasiado en serio.

Angélica Millán Escribano.

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